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De la escuela I

enero 21, 2010

Una vez más la falta de trabajo, mi talento literario innato y la imposibilidad de ver youporn en la chamba, se han unido para mantenerme reflexionando (justo en los intervalos en los que no me estoy rascando alguna parte del cuerpo o todas han sido rascadas y no me he decidido a volver a empezar) en esas cosas que no te llevan a ningún lado, excepto, tal vez, a imaginar temas para los blogs que no deberían ser leídos por nadie (afortunadamente, este es uno de ellos).

Mis intrínsecas reflexiones me remontaron a aquellos días de la infancia que dejaron de ser felices cuando mi madre (mujer moderna y trabajadora) llegó a la conclusión de que era una excelente idea meterme a la escuela. Querámoslo o no, además de tu entorno familiar y plaza sésamo, la escuela es de los lugares que más influyen en lo que serás eventualmente, ya sea alguien de bien, entusiasta y exitoso o alguien como yo. Gran parte de mi hilarante hilaridad, cinismo relativo, personalidad introvertida y hasta mi totalidad incapacidad de no ponerme rojo cuál jitomate  bola en las situaciones embarazosas (que, curiosamente, me veo constantemente involucrado en ellas) , provienen de ahí.  Así que, después de decidir que sería una perfecta pérdida de esfuerzo, salud mental y tiempo de vida y de convencerme de que son temas que a nadie le interesan, no me quedó duda alguna de que tenía que escribirlo. ¡Disfrútenlo! (o léanlo al menos).

Mi primera aproximación al mal llamado templo del saber (que de templo tiene lo mismo que el garage de Charles Manson y de saber lo que yo de guapo), fue a la tierna edad de 3 o 4 años (creo) donde a alguna brillante y sádica mente se le ocurrió inventar algo llamado prekinder o, últimamente, “maternal”. Mi linda madre tuvo a mal dejarme ahí después de mandar olímpicamente al diablo la ironía de que lo menos maternal del mundo es dejar a su retoño en un campo de concentración de infantes con aterradoras y desconocidas señoras de uñas rojas y largas llamadas, todas,  “miss”, peligrosos hipopótamos y leones mutantes con cuerpos de bote de basura, barrotes cuyos colores pastel no disimulaban el hecho de que eran (brillante conclusión) barrotes y niños que aún no controlaban del todo su esfinter.

Este bonito lugar era llamado “Kinder AngieMoni”  debido, por supuesto, a que, como la vida, el kinder es un lugar de bien (Angelus) y mal (Demonicus), donde la conjunción de los siempre reinantes poderes contrapuestos nos enseñarían a reflexionar que el vivir, a pesar de sus matices, siempre tendrá como principio y fin las luchas morales de nuestro entorno y nuestro propio ser, y estas decisiones nos guiaran en la vida y, eventualmente, en la muerte.

Era eso o que una de las dueñas se llamaba Angélica y la otra Mónica. 

Dejando aparte el hecho de que no es lo que se puede decir una experiencia grata el hecho de que te dejen solo en esta especie de limbo educativo lleno de mocosos, en la justa edad en la que ya no eres suficientemente pequeño como para que la acción de cagarte alegremente en el lugar que mejor te convenga cause ternura, ni suficientemente grande para estar medianamente convencido de que la escuela te traerá algún tipo de beneficio, no hay mucho que contar de esta etapa. Mi mayor recuerdo consiste en que mi madre, sobreestimando mi pericia, me ponía en el lunch un vaso con tapa estilo tupper wear (o séase de plástico y a presión) cuyo diseño nunca fue pensado para ser abierto por los dedos torpes de los niños (en mi caso esa condición no ha cambiado mucho). A la hora del lunch y con un desconocimiento total de las leyes de la física, jaloneaba, pegaba, rasguñaba, empujaba y peleaba en combate singular con el vaso hijo de su rechingada madre y la gran puta de la tapa. El resultado obvio es que, eventualmente, la tapa salía volando en el ángulo menos propicio mientras que el vaso, con un giro espectacular, derramaba su contenido en mi, la mesa y los desafortunados compañeritos que tenía a mi lado. El acto natural consecuente fue una fuerte protesta vocal de frustración, inconformidad y enojo que fue apoyada, festejada y emulada por mis compañeros. Osease un gran coro de llanto y berridos.

Terminaré aquí mi relato ya que, a partir de que un buen día en que los no menos buenos hermanos lasallistas decidieron comprar la escuela, comienza la más determinante etapa de mi educación en las manos didácticas de los herederos de San Juan Bautista de la Salle y sus enseñanzas… fue tan divertido como se oye…

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