De la venganza del taco

Hace algunos días, en un intervalo entre mis actividades habituales de trabajo (dormir) me puse a navegar en la red para distraerme un poco y con la esperanza de que mis vértebras volvieran a su posición original (modificadas por colgar la cabeza en el respaldo de la silla). Entre que pendejeaba en el google y borraba el spam que me ofrece 25% de descuento en viagra, vi algo que hacía referencia al día del taco.

¡A chingá! – exclamé compungido – de veras, ¿Qué pedo con el día del Taco?

Haciendo una investigación más exhaustiva, descubrí que el día del taco tendría que haber sido el pasado 31 de Marzo. Si mal no recuerdo, antaño se hizo una gran campaña publicitaria con comerciales, pancartas, eventos y tacos por doquier.

Estoy seguro que hay una razón de fondo tanto económica, mediática, social e intelectual del porqué el día del taco no trascendió como día de fiesta nacional, pero la razón fundamental, estoy seguro,  es porque era una pendejada.

De cualquier manera, tengo que agradecer que me dio una nueva idea totalmente intrascendente para desarrollar en esto que yo llamo blog.

Aquellos que han tenido el honor de conocerme y la desgracia de verme comer, sabrán que soy un gran adicto a los tacos en todas sus presentaciones, desde la muy fresa arrachera, pasando por los tradicionales de bistec, barbacoa y carnitas, yendo a parar en los más abundantes de suadero, pastor, cabeza, longaniza y tripa (del cuál he de decir que es mi favorita) y sin despreciar los más extravagantes como el de ojo, los sesos, la nana, los machitos y hasta los de criadilla, pus como chingados no.

Más allá del entusiasmo que cualquiera experimenta al comer los testículos de un animal de 450 kilos, tengo que decir que ésta afición mía no solo la considero un gusto, un pasatiempo y una necesidad sino que entra en la categoría de deportes extremos y le añade a mi vida una emoción solo comparada con ver por tetragésima octava vez los capítulos viejos de los caballeros del zodiaco e ir a bajar “sencillas” paredes de piedra con mi cuate Redo.

Entre las nada despreciables amenazas de la tifoidea y la cisticercósis, siempre recuerdo con cariño y respeto la vez en que un taco valiente decidió poner fin al homicidio de sus carnales (que yo tan impunemente devoraba) y, estoy seguro, al sentirse ofendido por una celebración en donde el festejado era deglutido por los festejantes, atacó gallardo.

Así sucedió:

Todo pasó una de las tantas veces en las que estaba yo comiendo tacos de tripa y campechanos (suadero y longaniza para los ignaros) en uno de mis lugares favoritos que está elegantemente establecido debajo del puente peatonal que desemboca en mi colonia. Como siempre, trataba de alejar mi mente de las eternas interrogantes de donde iba a la baño el taquero y, más importante aún, en donde se lavaba las manos después de lo anterior. Cuando estaba acabando mi octavo taco y ya no hablaba el hambre sino la gula ( siempre buena consejera), decidí continuar con mi algarábica glotonería y al grito de “échame otros dos de tripa porfa” me acomodé en mi banquito para esperar el nada sagrado alimento. Creo que aquí es un buen momento para nombrar las partes de un puesto taquero:

Cuerpo principal: normalmente es una estructura hexaédrica irregular de lámina pintada de blanco de aproximadamente 2 x 2 x 1 metros.

Trompo: Varilla vertical anexa a una parrilla de orientación similar donde normalmente se ensartan sendas lonjas de carne al pastor o similar.

Plancha: Lámina de metal horizontal, por lo regular negra, donde se calientan las tortillas y se dora la carne.

Especie de olla grande y muy chaparra con una pancita en medio cuyo nombre desconozco: Es una especie de olla grande y chaparra con una pancita en medio que recuerda a una isla a la que se aferra la carne en un mar de aceite.

Vaporera: grandota y rectangular pa los tacos de cabeza.

Rebanada de tronco: un pedazo de tronco de árbol donde cortar la carne.

Refrigerador: pa poner las cocas, el boing, las lulus, el sidral, barrilito y trébol en las más tradicionales.

Este breviario cultural no solo satisfizo mis ánimos de hacerles perder el tiempo sino que me permite explicarles que yo estaba sentadito justo en frente de la plancha.

Continuando con la historia, el buen don taquero tomó un gran pedazo de tripa del mar de aceite alrededor de la pancita de la olla (que siempre me hace recordar una bella frase que mi madre pronunció alguna vez que quise invitarle unos tacos: “Ay no -exclamó con maternal amor al ver la ollita llena de tripita- ahí es donde hierve la caca”) y, con sus hábiles manos, tomó su cuchillo de taquero cuál espada samurai y con rápidos cortes redujo la masa de tripa anudada en pequeños trocitos masticables.

Fue entonces cuando el taquero me preguntó en su perfecto castellano “la quiere bien doradita o se la pongo suavecita”. Después de convencerme que no era víctima del albur, le dije que doradita porfa. La tripa fue puesta en la plancha y entonces, crepitando alegremente, se las ingenió para lanzarme una gotota de hirviente aceite al rostro, cayéndome a un centímetro del ojo.

“¡¡¡Aaaaay cabróooooon!!!” exclamé yo con toda la elegancia de la que fui capaz. Así es, las gotas de aceite hirviendo duelen hasta su madre. Al parecer al taquero le resultó muy cómico el hecho de casi quedarme tuerto pues soltó unas sutiles risillas mientras yo daba gracias al dios en el que no creo por haber desviado la gotita de mi oclayo.

Una vez pasado el susto, compartí la alegría del taquero dirigiéndole una sonrisa al muy hijo de puta y me hice bien pendejo con mi dolor esperando que los comensales volvieran la atención a sus tacos y no a mi cara apenada y dolorida.

Al día siguiente me levante ilusionado ante la perspectiva de, al haber sobrevivido a un accidente cuasi-mortal, haber adquirido algún superpoder relacionado con el accidente, tal y como nos enseñan los comics, las caricaturas y las películas. Desgraciadamente no pude freír la tripa con la mirada,  tener control sobre el aceite hirviendo ni nada parecido, solo me quedó una gran mancha al lado del ojo ahí donde se me tatemó la piel. No se angustien, eventualmente se quitó y mi rostro quedó normal… bueno… quedó igual que como estaba.

¿Porqué les cuento esto? Porque quiero y puedo.

¿Porqué demonios lo leyeron hasta el final? No tengo la más mínima idea.

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6 comentarios to “De la venganza del taco”

  1. La CompiAdry Says:

    Jajajaja….. yo si sé por qué lo leí hasta el final…. porque moría de risaa con su ojo cuasichamuscado jiji… ay compi… hasta yo dije AYYYYY CABRÓN!!! pobre de asté, que bueno que quedó igual a como estaba….

    Oiga oiga propongo esta frase “ahí es donde hierve la caca” pá su entrada de “De frases, decires y citas irrelevantes”…. jajajajajaajaj sigo muriendo de risa…

  2. Mario E Says:

    JAJAJAJAJAJAJA

    Tú definitivamente debiste ser escritor canijo

    JAJAJAJAJAJAJA (ay, hasta la lagrimita se me salió)

  3. Tonatiuh Says:

    Jajajaja, estuvo genial tu nuevo escrito en el blog! Ya me hice fan de este pinche blog tan cagado. Saludos.

  4. Isaac Says:

    Lo raro es que con tantos (ya mero y veinte) años de conocernos:

    1. Apenas me entero de lo importantes que son los tacos para ti. Y
    2. Solo habremos idos juntos a chingarnos unos si acaso no más de 4 veces en toda la vida.

  5. Itza Says:

    Ja,ja,ja, no sabes la falta que me hacia darle un poco de alegria a mi vida je,je. Yo tampoco sabia que eras adicto a los tacos pero es muy bueno que poco a poco vayas denudando…. el alma claro….

    Gracias CompiC eres un genio 😉

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